
Nada más que hacer que bajar del edificio en busca de la última tienda abierta y comprar todos los fallos posibles. Te quedó un poco de ron en la botella o eso es lo que recuerdas. No está de más comprar una chata para comenzar. Esta madrugada hace frío, ya estamos a mediados de Junio y esperabas tener el cuento acabado. El cuento te gusta cada vez menos y el cassette de Plà que te dejó Paula en la mesa de noche ha desaparecido, ya nunca lo volverás a ver, igual que a ella. Alguien se los llevó y no tiene caso buscar. Igual se te van yendo los días, pero a ésos los encuentras en tus recuerdos, los encuentras descuartizados, desangrados, como gritos o como sueños. ¿Qué ha venido pasando estos días? Basta con que releas ese cuento. ¿Será por eso que lo odias? ¿Será que ni siquiera es un cuento? ¿Será que han pasado dos meses y no has escrito ningún cuento y te la has pasado lloriqueándole a la hoja en blanco? Basta con que lo releas para hacerte una idea del final, aunque eso te aterre, aunque eso te dé ganas de dejar de escribir para siempre. Amas la tragedia, ya nunca podrás dejar de escribir y te gusta jugar a que aún tienes esa opción. Tú no puedes dejar algo, a ti siempre te dejarán las cosas, así siempre ha sido y no va a cambiar. Hallaste la tienda, no tuviste que caminar mucho, un par de cuadras. Sólo tienen mentolados, eso te enseñará a guardarte una que otra cajetilla para emergencias. Te llevas dos cajetillas y te decides por una botella, ahora lo recuerdas, ya no te queda nada.
Esa voz… Te ha pasado antes y ya no te sorprende ir caminando solo y de repente escuchar tu nombre desde algún callejón oscuro. La diferencia es que esta vez te hubiese hecho feliz que alguien te llamase. Responder con cierta expectativa: “¿Paula? ¿Eres tú?” Vas encendiendo un fallo, te saben a nada, golpeas más fuerte y nada otra vez. La voz se disipa, ya no dice nada, ya nadie dice nada. ¿No será que estás loco? No creas que todo el mundo tiene esta vocecita en off, ¿o si? No importa, sin ella no hubieses escrito ni una línea de lo que tienes en la mesa de la cocina. ¿Qué era lo que estabas escribiendo antes? Así, el borradorcito que le gustó tanto a Paula que terminó quedándoselo. No quiso que le cambiases nada y eso te puso algo nervioso, es que acaso ¿habías dicho demasiado en esa carilla? Te encontró escribiéndola después de haber pasado la noche juntos. ¿Eras feliz? Pobre X, nunca lo sabes realmente y eso logra aniquilarte. Paula te vio desde la cama y dejó que acabases esa carilla, esa única carilla que emergía de la olivetti herrumbrosa de la cocina y que te arrebataron de las manos. “Bonita cuando amaneces”. Sí, eras feliz. Lograste sentirlo como el viento de un auto pasando muy rápido delante de ti y, quizás, debiste dejarte arrollar.
Abres la puerta de tu departamento y no logras reconocerlo, o quizás sea precisamente eso lo que quiere de ti, que lo reconozcas ahora que está vacío, sin más nadie que tú dentro. Las colillas descansan humeantes sobre la alfombra, una que otra mancha oscura va naciendo sobre ella, el cenicero está repleto. Sacas un vaso de entre los cojines y te sirves un poco de ron. Languideces. Una ruma de libros cae bajo tu brazo displicente. Hay algunos que ni siquiera recuerdas de qué se tratan, les cae ceniza. Cosas, te rodean cosas. Lo siniestro de ellas es su pretensión de reemplazar, de suplantar, de evocar. Ves el libro que Paula te regaló el día que llegó aquí, inanimado, ampuloso. No soportas ni mirarlo, aunque él signifique ella, aunque él sea prueba de que lo que recuerdas pasó. Fetiches que se sostienen sólo de tu nostalgia. ¿Qué cosas le quedaron a ella de ti? Piensas en eso y te da un escalofrío. Nada más que esa carilla escrita a máquina, en estos momentos ya indescifrable, molesta, prescindible…Las cosas, los souvenirs, los regalos, todos son sólo simulacros de la pérdida; cada uno se convierte en una nueva oportunidad para deshacerse de alguien aunque ya nunca más se le pueda poseer.
Ahora bebes de la botella. Has puesto la radio para no sentirte tan mal o para precipitarlo todo, para que venga rápido, para que acabe. ¿Wish you were here? Te sientas delante de la olivetti y no se te ocurre nada. Ves el folio y lo abres casi por inercia y comienzas a leer lo que ya llevas escrito. Cada palabra leída va resonando en tu cabeza, te hiere su exactitud. Todo está allí. Los lugares, las conversaciones, los silencios, las caricias, las miradas… Desearías que hubiese alguien, algún amigo que haga las veces de confidente, alguien a quien contarle tu historia y no tener que hacer este repaso maniático, incestuoso de ausencias. Alguien que te arranque de esta mesa, de este absurdo revisionismo. Sólo la voz, X, que te ha vuelto a llamar de algún rincón. Ahora has abierto la otra cajetilla, enciendes uno de esos asquerosos mentolados que veo ya no rechazas tanto. Te has quedado mirando la máquina. ¿Es allí a donde miras? ¿Qué pasa por tu cabeza ahora? No niego que son en estos momentos en que me desequilibras. ¿Quién sería yo ahora? ¿Una de tus tantas voces? La sensación de eteridad, levitamiento, incorporeidad. Hazme caso X, déjame existir, deja que te dicte las historias como antes.
Otra vez. Ha vuelto ha pasar, pero con una inusitada claridad. ¿Un grito? No, es el mismo tono hueco de siempre. Algún recuerdo de niñez, piensas. Tu madre llamándote el día de tu bautizo, la camisa blanquísima, tu nombre retumbando en los pasillos de la catedral. Podría ser, aunque reconozcas mucho de la voz de Paula diciendo tu nombre, reconociéndote cuando fuiste a recogerla al Terminal y te esperaba sentada en la vereda, sonriente como si lo que estuviese pasando fuera cosa de todos los días. Te arrancó la máscara con esa sonrisa. ¿Dónde quedaron tus frases hechas, tus poses de profundidad? Nada con que defenderte sino con tu propia sonrisa, olvidada tantas veces, postergada, escondida. ¿Era la voz de Paula lo que le faltaba a esa voz hueca para ponerte así? ¿Era Paula lo que te faltaba extrañar para que todo dejase de tener el mínimo de sentido?, ¿para que a donde vieses descubrieras lugares vacíos, ausencias? Ahora que lees el folio lo piensas, lo crees. ¿Por qué esperaste hasta ahora, X? ¿Por qué no le dijiste nada y dejaste que se fuera sin saberlo? Tan tonto de tu parte intentar quitarle importancia a lo que te había pasado, rehuirle a este hoy, a este ahora que sabías vendría. ¿Pasará X? ¿Pasará?
Ayer vino O* con una botella de vodka y sus cassettes de pale saints. Te pusiste a escribir poemas en las servilletas, poemas que nunca terminan de serlo. Dos frases condenadas a encajar, gritos encarcelados en partituras indescifrables. O* te llevó a su casa de playa y encontraron un poco de whisky entre sus botellas viejas. Estaban tan borrachos cuando subieron a la camioneta, querían irse a otra ciudad y sólo consiguieron que los asalten. Aún así pudiste regresar a casa, aquí, a este eco cobijador de tus voces. Estás loco X, aquí no hay nadie, decía O* mientras tú revisabas las habitaciones. Se fue tan preocupado por ti que te llamó en la mañana. ¿Hace cuanto que no tomas tus pastillas? ¿Hace cuanto X? ¿Lo recuerdas? Desde que te mudaste a este departamento, desde que decidiste encerrarte a escribir esa inacabable novela. Necesitabas la soledad, pero no podías soportarla por mucho tiempo. Tenías que poblarla con tus voces que no hacían más que reafirmarla. Diferentes voces diciéndote al unísono que estabas solo. Todas, todas menos una, X. Esa que has venido escuchando desde siempre y nunca has dejado de preguntarte de donde viene. Esa voz que extrañamente desapareció cuando Paula estaba aquí y que ha regresado disfrazándose de ella, que no has dejado de escuchar. ¡Cómo crees, hombre! Nunca he dejado de tomarlas.
Y ahora no la soportas. Ha empezado otra vez y te asusta pensar que, quizás, Paula no haya venido, que no exista, que fue sólo esa voz la que te ha engañado. Corres a la sala y buscas el libro que te dejó, ¿y si fuiste tú el que lo compraste? Ahora temes, tienes miedo. Que se calle, que termine. Tus recuerdos se desdibujan, se disipan. Vas al dormitorio y buscas las pastillas, quizás ya caducaron pero servirán. Sí, aquí están dos frascos intactos. Tomas una y aún la escuchas. Dos, tres, veinte. No se calla. Se te ha acabado el ron y aún quedan pastillas. La cabeza te da vueltas, quieres vomitar. Encuentras agua y comienzas el otro frasco. Pareciera que ha empezado a gritar. Aún la escuchas. Caes al suelo. La voz es cada vez más clara, más real. “¿Paula? ¿Eres tú?”
“¿Eres tú?”